hoy estoy como los que escriben un prologo en un libro,aunque lo que sigue no es un libro pero quien sabe en un futuro no sea parte de uno, lo siguiente es un pequeño relato de microficcion, se preguntaran que tendra que ver con este blog que habla de afectos y algo mas, tiene que ver porque el escritor del relato es mi hermano mayor Hugo (51) alguien que ha influenciado mucho en mi ,siendo el mi proveedor de buenos libros desde mi niñez y adolescencia y tambien aquel que leyo para mi despertando interes para entrar en el maravilloso mundo de la lectura por eso mi sincero agradeciemiento
Bajamar
Sé, que tengo que encontrarte, sé lo difícil de la empresa. Estoy parado en el centro de la ciudad, en la esquina más populosa, miro por todas partes y veo una marea humana besando mis pies.
¡Que cabeza la mía! Citarte, sin especificar el lugar y la hora. Esto último sería lo de menos, conozco tus hábitos. Luego de la siesta te levantas casi sonámbula, te sientas frente a tres espejos, y en un santiamén te cambias la cara, con esos ungüentos de colores. La brochita recorrerá cada rincón, borrando el tiempo.
Improviso un asiento debajo de una farola sin perder de vista a los transeúntes. Doy un brinco, me abro paso, tengo que alcanzarte. Pero no, te esfumas a la vuelta de la esquina. Regreso al improvisado sillón, me cruzo de piernas, recuerdo la foto tuya guardada en mi billetera, la miro y caigo en cuenta que puedo mostrarte a la multitud, para saber si te han visto pasar. Desecho la idea de pararme sobre el pedestal, quedaría muy grotesco. Mejor lo intento de otra forma, me acerco a los paseantes con la foto en mano, todos rechazan mis preguntas, todos hacen ademanes con las manos; no tienen dinero.
-No señor… las suplicas se ahogan en mi garganta. Tendré que hacer algo mas para encontrarte.
Hago un chasquido con los dedos, todo se congela, la sonrisa del niño, el gesto adusto de aquel señor de sombrero, el abrazo amoroso de una pareja de adolescentes, la estatua que se rasca la espalda, la abuela que consiente a su nieta. El vendedor de globos suelta uno rojo que se pierde en el infinito.
Levanto la nariz hacia el horizonte. ¡Claro! Su perfume –pienso, cerrando los ojos, trato de recordar aquel olorcito tan particular que emanaba cada vez que salías del mar, mezclado con protector solar y el viento nacido de las entrañas del agua salada.
Acá me quedo parado debajo de la pérgola, seleccionando las fragancias. -¡Sí! es ella, mi olfato no puede traicionarme, salgo casi volando, hasta toparme con su cabellera, suspiro satisfecho. Está aquí. Soplo con suavidad el cabello, como le gusta. Mis piernas se aflojan, no es porque la haya encontrado, es todo lo contrario, ella me mira diciendo: ¿Qué le pasa Señor?
Al igual que en el juego de la Oca, vuelvo a mi casillero, he avanzado en vano.
El rio de la multitud sigue fluyendo sin descanso.
Encaro hacia la salida del laberinto con las manos hundidas en el fondo de los bolsillos, doy vuelta en la esquina, me apoyo sobre la vidriera de una librería, tomo envión, me paro en el medio de la peatonal con los brazos en jarra, igualito al jugador, que espera al arquero, a que se ubique en su lugar, y al referí mirar atentamente a los compañeros y contrincantes. Nadie pasa la raya divisoria.
-No me rindo, te voy a encontrar – parezco un norteamericano hablando de costado, con las palabras huyendo furtivas.
Hay un detalle –pienso- que ella nunca olvida, el pañuelo al cuello color fucsia. Mis ojos se abren al paisaje, trato de ver ese color tan llamativo, pongo mi cuerpo hacia delante, con una mano sobre la espalda y la derecha, sobre mis cejas, hago un techito para no encandilarme y localizarte. Miro a occidente, a oriente, al norte, al sur pero resulta lo mismo, nadie porta ese color. – ¡Que tonto soy! Me amonesto, cuando descubro en los maniquíes de la tienda que ese color, ya no se usa.
La avenida comienza a parpadear, las primeras estrellas en el firmamento juegan con el titilar de un avión que parte con destino incierto. El vuelo de ese gorrión que busca su nido quien sabe donde, me sacude de mis cavilaciones, sé que te fuiste hace mucho tiempo, que el destino torció nuestro devenir, pero todavía guardo la esperanza de encontrar ese suave perfume que el mar confundió en tu piel.
La avenida desborda de luz, pasos firmes, pecho levantado, me diluyo en la muchedumbre.
17 DE OCTUBRE 2006
HUGO CAMMARATA